Tengo un sueño

“Sueño que mis cuatro hijos vivan algún día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”, las palabras de Martin Luther King iluminaban el recinto, daba aire nuevo a la densidad del colectivo.

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Martin Luther King  fue un pastor estadounidense de la iglesia bautista que desarrolló una labor crucial en Estados Unidos al frente del Movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos y que, además, participó como activista en numerosas protestas contra la Guerra de Vietnam y la pobreza en general.

Recibió en 1965 la medalla de las libertades estadounidenses del Comité Judío Estadounidense “por su excepcional fomento de los principios de las libertades humanas”. En la ceremonia de recepción del premio dijo que la libertad era una cosa, y que o se tenía entera o no se era libre. Martin Luther King recibió 20 Doctorados honoris causa de universidades estadounidenses y extranjeras.

El 28 de agosto de 1963, hace 50 años, el reverendo dio su famoso discurso en los escalones del monumento a Abraham Lincoln, en Washington D.C.

Se eligió ese día para la gran manifestación porque todos querían rememorar el cruel asesinato de Emmett Louis Till, el adolescente afroamericano, de 14 años de edad, cruelmente asesinado en la madrugada del 28 de agosto de 1955, en Misisipi, por el solo hecho de haberle hablado a una mujer blanca en un restaurante.

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El discurso fue excelente y motivador además de ahora ser histórico y bien recordado. Sin embargo, creemos algunos comprometidos con la esperanza de que el mundo puede mejorar (o que al menos nosotros podemos hacerlo), que a ese discurso podemos agregarle de que tenemos el sueño de un mundo en el que no haya más mentiras, en el que los procedimientos se den con transparencia, la política no sea corrupta, los ricos no sean presumidos, los pobres no sean conformistas, el sexo no sea la portada motivadora de cada estrategia de marketing, donde el verdadero interés por los demás sea una causa solidaria y no conveniencia.

Qué tal una Lima donde las combis no compitan arriesgando la vida de sus pasajeros, donde no tengamos que entrar como sardinas en lata. Donde los policías no acepten “propinas” a cambio de dejar pasar una injusticia. Donde los niños sean realmente foco de interés de los padres y no sean violentados de ninguna forma. Donde las mujeres sean valoradas y tomadas como objetos sexuales. Donde los hombres seamos pacíficos y bien intencionados. Donde la pobreza sea un chiste y no una realidad y donde la riqueza no sea un anhelo ni un motivo de perdición y superficialidad.

¿Qué tan lejos estamos?

Dicen que las motivaciones son buenas, porque estando lejos nos permiten avanzar, en cambio la satisfacción es inmediata y no impulsa a continuar. Pero ¿debe ser esa razón para pensar en un “tú y yo” mejores como sueño y no como realidad?

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