¡Pase, usté, Sr. Conductor!

Sí, esas palabras acompañadas con un ademán de reverencia son mi ritual para ceder el pase a los carros que voltean en las esquinas cuando el peatón está por cruzar -según su turno- de un lado de la pista hacia el otro.

No soy conductor de automóviles, pero no hace falta saberme la ley al revés al derecho, mi sentido común me dice que la preferencia la tenemos los peatones. Y claro, es evidente que para tener una licencia de conducir debes saberte las normas. Al parecer, algunas buenas prácticas necesitan ser reforzadas en nuestro sistema.

Hoy un peatón me cedió el pase cuando regresaba a casa en bicicleta, fue muy amable. Nadie lo hace. En otra oportunidad, me disculpé con un peatón porque ni él ni yo nos decidíamos por donde pasar -momentos incómodos, ¿los has tenido?- y luego de haberme disculpado, el peatón expresó con un gesto bastante sincero “no, perdóname tú”. Se dibujó una gran sonrisa en mi rostro y pues, ni siquiera tenía que haberse disculpado, pero gestos como éstos a uno le alegran el día.

Hoy también, tuve que cederle el pase a dos carros, y claro, estoy seguro que llegarán a sus casa y le contarán a sus -supongo- esposas que se encontraron con un peatón muy amable que les cedió el pase justo cuando ellos pensaban cedérmelo a mí. Y que entonces estaban muy agradecidos conmigo por haberles salvado 5 segundos de su vida en haberse detenido para cederme el paso que, por ley, me corresponde.

¡Pase, usté, Sr. Conductor! ¡La calle es toda suya!

 

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