50-cent Ice Cream

This particular way dad walks. That smile on his face when he gets out of the store (like he’s got something we do not expect). His wife and his children (I’m the fourth) are waiting in the car. “What did you get? Donito?”, we’d say whenever the surprise was finally revealed: the 50-cent ice cream from the store around the corner.

I think I used to get mad at the fact dad would get a 50-cent ice cream. But not because of its price. It was just too little ice cream for me. And I needed more ice cream! Actually, I just wanted more of it and I could not understand why dad would do that to us. We were his children and we wanted more of what we liked!

What can I say? (pause and sigh) I was a kid. My understanding about life and circumstances was the one of a kid! Why was I supposed to care as a kid? But now I am not one anymore. And now I see (pause). Dad was being patient. He knew it would be hard for us (me) to understand. Still, like the 007 agent, he would challenge himself to walk back to the car with the tiny ice cream. He had to fight against our narrow knowledge of life and teach us the hard lesson: sharing.

Sharing is more than the Facebook button, guys. It goes faaar beyond letting your contacts know ASAP about that post we like so much. It takes us to stop doing what we are doing, getting what we are getting, to give it to someone else. Dad was taking a little money from his so many bills to give us something we liked. And since his pockets were not big but his five kids had a big stomach, it was not only 50 cents but 3 soles (peruvian currency) and 50 cents.

When I look back, I want to stop that scene in the car with dad opening the plastic bag, giving each one a 50-cent ice cream, and click the “share” button. Because now I can see, on my own experience, that sharing is about thinking beyond my own needs, and meet those of my beloved ones, and those who God put next to me so that I could give them a hand.

Dad, I can’t hug you for your day. But I can write you. And I want you to know I am thankful for your teachings.


(VERSIÓN EN ESPAÑOL)

Esa forma de caminar que tiene papá. Esa sonrisa en su rostro al salir de la tienda (como si tuviera algo que no nos esperamos). Su esposa y sus hijos (yo soy el cuarto) están esperando en el carro. “¿Qué nos has traído? ¿Un Donito?”, decíamos cuando la sorpresa era finalmente revelada: un helado de 50 céntimos de la tienda de la vuelta de la esquina.

Creo que me molestaba el hecho de que papá comprara un helado de 50 céntimos. Pero no por su precio. Sino porque era muy poco helado para mí. ¡Yo quería más! En realidad, era que quería más y no podía enteder cómo papá nos hacía eso. ¡Éramos sus hijos y queríamos más de lo que disfrutábamos!

¿Qué puedo decir? (Pausa y suspiro) Era un niño. Mi comprensión sobre la vida y las circunstancias era la de un niño. ¿Cómo se suponía que debía importarme? Pero ya no soy más un niño. Y ahora veo (pausa). Papá estaba siendo paciente. Sabía él que sería difícil para nosotros (mí) entender. Aún así, como un agente 007, regresaba desafíandose a sí mismo a volver al carro con esos pequeños helados. Sabía que tenía que luchar con nuestro pequeño conocimiento de la vida y enseñarnos una lección difícil: compartir.

Compartir es más que el botón de Facebook, chicos. Va mucho mááás allá de que todos tus contactos sepan ASAP todo sobre ese post que nos encanta. Significa dejar de hacer lo que hacemos, de llenarnos de esas cosas que nos llenamos, para dárselo a alguien más. Papá no estaba tomando un poco de dinero de esas grandes cuentas por pagar para comprarnos algo que sabía que nos gustaba. Y como sus bolsillos no eran muy grandes pero tenía 5 hijos con estómagos bien grandes, no solo eran 50 céntimos sino 3 soles con 50 céntimos.

Cuando veo hacia atrás, quiero detener esa escena en el carro en la que papá abría la bolsa plástica y nos daba a cada uno su helado de 50 céntimos, y darle clic al botón “compartir”. Porque ahora veo, desde mi propia experiencia, que compartir es más que satisfacer mis propias necesidades. Es satisfacer las de mis seres queridos, y las de aquellos que Dios pone en mi camino para darles una mano.

Pa, no puedo abrazarte hoy por tu día. Pero puedo escribirte. Quiero que sepas que estoy agradecido por tus enseñanzas.

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