Turkey

Turkey left me speechless. I would stare at the horizon watching the sun go to bed while feeling the breeze on my face, drinking a little cup of Turkish tea, listening to the sound of the waters, the fishermen, street sellers and watching from the border of the bridge the birds flying around searching for food.

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For me it was very clear, I didn’t want pictures from my camera. I wanted my eyes fixed on that wonderful living picture. Something different to the terrorist attacks the media says about Turkey (don’t take me wrong, I do not recommend you taking the risk unless someone else will take care of you).

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After my friend Ali (who I call Kanka, which means ‘brother’ in Turkish) and I left Oradea at the end of June 2016, we made a promise. One of us had to go see the other. Honestly, I was more interested in meeting this country I had heard so much about since my first two great Turkish roommates from Diyarbakir, back in Oradea.

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So, the plan came true. Seven months later and a few hours away by plane from Bucharest, there I was: Hatay, Turkey. A “small” city in the south of Turkey, 100 km away from Aleppo (yes, Syria), and very close to the Mediterranean sea. I could see the palm trees again, the same ones my hometown Trujillo has in the main square (Trujillo is close to the Pacific ocean, I lived there for 23 years).

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I spent seven days in Hatay, trying local food, drinks, desserts. I visited Iskenderun (known as Alexandretta) and Osmaniye. The latter is where Ali studies. The Osmaniye Korkut Ata University has 12 000 students, huge. We spent there three days full of tea, coffee and French lessons with Cansu (Ali’s classmate). It was also our meeting point with Muhammet, a Turkish friend I also met in Oradea, in order to go to Istanbul.

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Istanbul, Istanbul, Istanbul. Three days and a half were enough to know I am coming back to this country. Muhammet and Ali prepared the tour plan. We visited a total of 18 places. The ones I liked the most were: Hagia Sofia, the Sultan’s palace, the Panorama paint of Istanbul’s war, the Turkish bathroom (Hamami) and Pierre Loti (great view). My favorite transportation: the boat.

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My favorite places in Hatay were the view from the restaurants in Selale (waterfalls) and the view from the top of the hill in Harbiye. But the most beautiful one: breakfast sitting outside, in the garden of Ali’s mom. The last sunny morning I spent at their home listening to Ali, his mom and his girlfriend speaking in Turkish for a couple hours (without understanding anything other than yes and no) and staring at the fruit trees, especially the 40-year-old tree that reminds me of the 40-year-old fig tree my family also has in my hometown. Big coincidence. To remember my childhood, I secretly climbed it (what? I couldn’t help it).

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I’m coming back, so no tears. This is what I was thinking right before passing control in the airport to go to my boarding gate. There they go, Ali and Pelin called me to approach. I thought I had forgotten something. They wanted me to have a piece of cake to have something to eat while waiting for my flight connection in Istanbul’s airport.

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Sigh. I can smell it, it’s family. So? The worst moment? The goodbye one. It’s a ‘see you soon’ but still, I don’t like it.


VERSIÓN EN ESPAÑOL

No puedo contar las veces que mi visita a Turquía me dejó sin palabras. Miraba hacia el horizonte contemplando al sol ponerse sintiendo la brisa del mar, tomando una taza de té turco, escuchando el movimiento del mar, los pescadores, los ambulantes y mirando desde el borde del puente a las aves buscando comida.

Para mí estaba claro, no quería tomar fotos con mi cámara. Quería fijar mis ojos en esa fotografía viviente. Algo diferente a los ataques terroristas que escuchamos todo el tiempo en las noticias acerca de Turquía (no me malinterpretes, no te recomiendo ir a menos que tengas alguien que cuide de ti en tu estadía).

Después que mi amigo Ali (Kanka como le llamo yo, que en turco significa ‘hermano’) y yo dejemos Oradea a finales de junio de 2016, nos hicimos una promesa: uno de nosotros tenía que viajar a ver al otro. Honestamente, era mi oportunidad de conocer este país del cual había escuchado tanto desde que conocí a mis primeros grandes compañeros de cuarto quienes son de Diyarbakir, entonces cuando estaba en Oradea.

Así pues, el plan se hizo realidad. Siete meses después y apenas a unas horas en avión desde Bucarest, llegué a Hatay, Turquía. Una “pequeña” ciudad al sur de Turquía, a aproximadamente 100km de distancia de Alepo (sí, Siria), y muy cerca del mar Mediterráneo. Pude ver las palmeras otra vez, esas mismas que tiene mi ciudad natal Trujillo en la plaza central (Trujillo está cerca al océano Pacífico, ahí viví 23 años).

Pasé siete días en hatay, probando comida, bebidas y postres locales. Visité Alexandretta y Osmaniye. Este último es donde Ali estudia. La universidad Osmaniye Korkut Ata tiene 12 000 estudiantes, es gigante. Ahí nos quedamos tres días: té, café y lecciones de francés para Cansu (amiga de Ali). También fue ahí nuestro punto de encuentro con Muhammet, un amigo turco que también conocí en Oradea, luego iríamos a Estambul.

Estambul, Estambul, Estambul. Tres días y medio fueron suficientes para saber que volveré. Muhammet y Ali preparon el plan de tour. Visitamos un total de 18 lugares. Entre los cuales me gustaron más: AyaSofya, el palacio del Sultán, la pintura Panorama de la guerra de Estambul, los baños turcos (hamami) y Pierre Loti (hermosa vista). Mi transporte favorite: el barco.

Mis lugares favoritos en Hatay fueron la vista desde los restaurantes en Selale (cataratas) y la vista desde la cima de un monte en Harbiye. Pero el más hermoso: desayuno afuera en el jardín en la casa de la madre de Ali. La última mañana que pasé en su casa escuchando a Ali, su madre y su novia hablando en turco por dos horas (sin entender nada más que sí y no), contemplando los árboles frutales, especialmente el árbol de higo de 40 años que me hace acordar aquel de 40 años que también tienen mis padres en casa en Trujillo. Qué tal coincidencia. Para recordar mi niñez, a “escondidas” trepé el árbol (¿qué? No pude evitarlo).

Volveré, así que nada de lágrimas. Eso me decía a mí mismo antes de pasar control en el aeropuerto para abordar. Ahí va, Ali y Pelín me pidieron que me acercara a ellos rápidamente. Pensé que había olvidado algo. Me dieron una pedazo de torta que quería que comiera mientras esperara en Estambul mi vuelo a Rumanía.

Suspiro. Puedo olerlo, eso es familia. ¿Y? ¿Cuál fue el peor momento? El gudbai, es un ‘hasta pronto’ pero igual, no me gusta nada.

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